sábado, 31 de mayo de 2008

21. SANTOSONARIO, 2.046. Sierra Cebollera.



Durante todo el invierno el fondo del valle del Iregua es un muro blanco que invita a perderse en él en cuanto el tiempo lo permite. Se vislumbra ya en las rectas de Pradillo, y llegando al fondo del valle, de Villoslada hacia arriba, se ve tal y como en esta primera foto. Ese muro casi perfecto en torno a los dos mil metros de altitud tiene varios puntos más elevados que fueron objeto de diversas excursiones montañeras realizadas al poco de instalarnos en Logroño: Santosonario, Castillo de Vinuesa, Cebollera y Mesa, por este orden, aunque algunas las hice varias veces y en distintas compañías). Para hacerse una idea del lugar reproduzco aquí el planito de Jesús Manuel Pablo Ramírez y María Angeles Apellaniz que viene en su libro “Rutas y Paseos por el Parque Natural de Cebollera” editado por SUA en 1997.




Pero nuestras excursiones a esos montes, como se verá, fueron muy anteriores a la fecha de edición de ese librito. Al poco de instalarnos en Logroño en enero de 1982 hicimos la primera de ellas, la cima del Santosonario, seguramente porque al estar en el centro del muro me atraía más su posición que su altitud (es la cota más baja de las cuatro).

Las tres características más acusadas de estas excursiones por las cumbres de Cebollera tienen que ver con 1) la poca claridad de los puntos de salida, 2) la poca sensación de cima y 3) la ausencia de un recorrido marcado. Son montes como de pastoreo, aunque eso no quiera decir que no nos podamos perder y que carezcan de dificultad porque las dimensiones de los recorridos son bastante grandes.
El problema en invierno, que es cuando más me atraen estos montes, es el límite hasta donde la nieve o el estado de las pistas nos van a permitir llegar con el coche. Por eso que cada excursión será siempre diferente.

En concreto no recuerdo muy bien de dónde salimos para subir al Santosonario en febrero del 82, si desde la misma ermita (1), desde Puente Ra (2) o desde Hoyo Iregua (3), pero me inclino a pensar que fue desde el primero de los puntos (el de más largo recorrido) y es que en las dos primeras fotos que le hice a mi compañera de aventuras estamos ya en la pista de arriba y con mucha nieve (y… frío).



Pero de todos modos no estoy seguro del todo porque en los paisajes de las fotos de nuestro deambular hacia la cima no reconozco ningún punto concreto. Tanto da, porque lo importante es que son fotos muy bonitas y que dan cuenta de la hermosura de la ascensión y de la amplitud de perspectivas. No hay que preocuparse mucho del recorrido. Sólo hay que tirar hacia arriba, tener cuidado con la climatología y las fuerzas, no meterse entre los pinos o las canchaleras, y disfrutar.





Por esta segunda foto parece que tuvimos suerte con la nieve y que la encontramos lo suficientemente dura para poder andar por ella sin problemas…, con los crampones en los pies, eso sí, y el piolet en la mano. En algún momento de la ascensión se debió echar la niebla sobre nosotros y el entorno se volvió mucho más intenso e irreal:







En la línea de la cumbre y en el mojón de la cima, el viento, las nubes y el sol juegan a teñir de blanco unas piedras sí y otras no y nosotros tratamos de disfrutar del momento a pesar del intenso frío.




Una vez abajo, hice esta última foto para llevarme la imagen de ese precioso muro blanco que acabábamos de hollar por primera vez.