viernes, 18 de abril de 2008

10. SENDA DE CAZADORES hasta REFUGIO DE GORIZ (22k 1.100+). ORDESA.



Tras los fastos del centenario de elhAll bueno va a ser que nos regresemos al monte otro poco a por oxígeno (más que nada porque con tanto cerebro en Logroño pensando sobre los “conceptos” del Patrimonio, noto que me ahogo). Aunque gafados como estamos por la fúnebre manera en que lo hemos celebrado (el centenario) voy a aprovechar ya la onda crítica para contar la excursión que hicimos este verano por el interior del cañón de Ordesa. Y es que…, tampoco todo el monte es orégano.

Para empezar no es nada agradable que cuando vas al monte a por oxígeno y libertad, lo primero que te encuentres en el camino es un cartel con 18 prohibiciones (foto 1) ¿no se les ha ocurrido ninguna más o es que no cabían ya en el cartel? Un Parque Nacional es un lugar tan bonito que está marcado, y eso le quita mucho encanto. Dicen que lo hacen para protegerlo, pero cuando un monte se acota y se llena de prohibiciones y de guardas, mal panorama.

La primera vez que fui al valle de Ordesa (agosto del 89) entramos hasta el parking central con nuestro coche pero ahora hay que dejarlo en un parking de pago en Torla y entrar en un autobús (de pago también) que tiene un horario poco montañero. El primero es a las 6 y el segundo a las 7. Luego, cada media hora hasta las 9, y luego, cada 15 minutos cuando llega la turistada. Como llegamos a las 6 y veinte, cuando amanecía, pues a esperar cuarenta minutos. Paciencia.

El plan era hacer la Faja de Pelay por la senda de cazadores, así que en cuanto nos bajamos del autobús a las 7:30 echamos a correr al sendero para poder subir solos, cosa que conseguimos. Las guías dicen que el sendero es tan empinado que es menos peligroso hacerlo subiendo que bajando, pero lo cierto es que hay momentos en que impone (foto 2).



Tras hora y media de dura e ininterrumpida ascensión llegamos al mirador de Calcilarruego y al famoso sendero horizontal de la faja. Yo me había imaginado que el sendero estaba más cerca de la línea de cumbre y no tan a media ladera, así que me llevé una pequeña decepción. Paramos cinco minutos a coger aire y mirar hacia las cumbres de la brecha de Rolando y el circo de Cotatuero (foto 3):


Por delante nos quedaba el largo recorrido de la faja, a la derecha de la foto 4:



No nos encontramos más que a unos montañeros de Valls que habían cogido el autobús de las 6 y a un par de guardas, así que a medio camino tuvimos la suerte de cruzarnos con un par de rebecos saltarines.

El sendero de la faja es en algún momento muy aéreo pero al final decepciona, porque cuando se aproxima al circo de Soaso en vez de ganar altura la pierde y casi se junta con el camino turístico por el que suben procesiones de gentes a la cascada de la “cola de caballo”. En todo caso la magnífica vista del circo y de las grandes cumbres de encima no te la quita nadie, y por eso, tras otra hora y media de camino, o sea, a las 10:30 paramos a almorzar y disfrutar del panorama (foto 5):



La solución para salvar el día montañero y no acabarlo en la concurrida Cola de Caballo fue subir hasta el refugio de Góriz. El sendero que llega de la faja se encuentra con el que sube del fondo del valle para evitar el paso de las clavijas, por lo que con tres horas y pico de caminata en las piernas nosotros también preferimos no hacer pasos circenses (nunca mejor dicho) y colocarnos por encima del circo de Soaso sin mayor contratiempo. La subida al refugio va adentrándose poco a poco en ambiente propio de la alta montaña (foto 6):


mientras que hacia atrás (o hacia la izquierda) se puede disfrutar de la vista de todo el valle y de la faja de Pelay ya recorrida (foto 7):



Finalmente llegamos al refugio a las 12:45, es decir, después de 5:15 de salida y parada de almuerzo. La perspectiva que se tiene del Monte Perdido, justo encima (foto 8), es bastante pobre así que el único aliciente de la misma era ver bajar a quienes habían hecho la cima ese día. Nosotros ya habíamos renunciado a hacerla porque previamente habíamos llamado al refugio por teléfono y nos dijeron que no había plazas hasta el 26 de agosto, ¡y estábamos a 30 de julio!



En el descenso hice una interesante foto en la que se pueden ver las sendas que concurren en el circo de Soaso: la que viene de la faja de Pelay (al fondo a la derecha), la de las clavijas (que justo se pierde en la pared a mano derecha) y la que evita las clavijas (al fondo de la foto). (foto 9)


Paramos obviamente a refrescarnos un poco bajo la famosa cascada de la cola de caballo más o menos en “olor de multitudes” (foto 10),


y finalmente echamos a correr camino abajo por el concurridísimo sendero. Del refugio a la cascada, 1hora 10 minutos. De la cola a la parada del autobús 1h 45minutos, como digo, prácticamente a uña de caballo. O sea que en total ocho horitas de marcha, y nueve y cuarto en total, con las cortas paradas que hicimos.

En el autobús cambiamos impresiones con dos aguerridos montañeros de Marquina que habían bajado todo el rato delante nuestro y que nos contaron que habían pasado la noche de vivac en la cumbre del Perdido con un viento terrible y una temperatura próxima a cero grados. A falta de hacer cumbre nosotros, su relato colmó nuestra imaginación.

Como final y corolario no está mal: en el Parque Nacional, la libertad está por encima de los dos mil quinientos metros. O en todo caso en paredes inaccesibles para nosotros como esa maravillosa del Tozal del Mallo que, saliendo a la derecha, nos da la despedida (foto 11):


(excursión realizada con Rosalía el 30 de julio del 2007)

9. EL MONTARTO, 2.833 m (14k 1.450+) parking previo al Pont de Rius



Mis relaciones con el Valle de Arán vienen de bastante atrás: nada menos que de mi primer trabajo “semiprofesional”. Estaba yo en quinto de carrera (1975) y me subcontrataron en el Archivo Histórico del Colegios de Arquitectos de Barcelona para participar en un estudio integral del Valle de Arán, ecosistema humano amenazado de muerte por el turismo de nieve. El superjefe del trabajo era el director del 2C Salvador Tarragó y el subjefe, un arquitecto peruano bastante estiradillo que… “pasaba por allí”, y que se llamaba Augusto Ortiz de Ceballos. Unas elecciones a Junta de Gobierno del Colegio acabaron con el superjefe (y conmigo), y al final, el trabajo acabó en las páginas del Quaderns n116. En esa revista vi mi nombre en letras impresas por primera vez y aunque Augusto se apropió de bastantes ideas mías (guardo como prueba un par de primerizos artículos que redacté, titulados “Tipologías urbanas en el Valle de Arán” y “La Arquitectura Religiosa en el Valle de Arán”) sólo me presentó como dibujante de algunas de las ilustraciones. Cosas de jefes.

Tres años después, mi mujer y yo elegimos el Valle de Arán como destino de nuestro viaje de novios. Qué tiempos ¿eh? y qué ocurrencias. Con el anillo aún brillante en el anular (como observaron unos compañeros de hotel) recorrimos uno a uno los pueblos que yo había estudiado mediante mapas y fotos en Barcelona y lo pasamos de maravilla. Guardo por tanto un precioso álbum del valle con los restos de aquel trabajo y con fotos y postales de 1978. Puede que algún día me anime a poner por aquí algunas cosas.

Pasaron los años y acabé volviendo al Valle de Arán con cierta frecuencia pero no como arquitecto sino… ¡como esquiador! ¡ahhh! De aquella visión idílica de un paisaje lentamente humanizado durante siglos que yo había conocido en sus estertores, el valle ha terminado por ser un parque turístico y temático, pero aún con todo, todavía le quedan muchos rincones y vestigios de aquel viejo mundo y sobre todo, muchas montañas ajenas al mundillo urbano del esquí. Por ello, cada vez que voy al Valle de Arán me doy siempre un paseo por las calles más olvidadas de sus pueblos o intento alguna ascensión montañera.

El Montartó es una de las montañas más atractivas del valle por estar en el fondo de escena del valle de Arties y tener una altura más que considerable (2.833 m). La postal con la que abro esta nota (foto 1) es de los años de nuestro trabajo y aún recuerdo la fascinación de mi jefe por la imagen del Montartó cerrando el Valarties (bueno, lo recuerdo porque hice un dibujillo de esa foto y una anotación en la que dice: “tu pueblo favorito, Augusto”). Por dos veces habíamos intentado acceder en invierno a ese monte, pero como íbamos mal preparados no pasamos de sendos tanteos. En el primer acercamiento nos dimos cuenta que sin crampones y piolet no había nada que hacer, y en el segundo intento, pertrechados de éstos, la profundidad de la nieve era tal que lo lógico hubiera sido haber ido con raquetas. A la tercera será la vencida: iremos en verano.

Dicho y hecho. El pasado mes de julio llamamos al refugio de la Restanca para reservar un par de literas, y la tarde del 24, con restos de nubes en las cumbres por la instabilidad de los días pasados, pero bochornoso en cotas bajas, nos llegamos hasta él. (Desde el parking donde acaba la carretera del Valarties hasta Pont de Rius, donde está la pequeña caseta a donde habíamos llegado un par de veces con nieve, 50 minutos; desde Pont de Rius al Refugio de la Restanca, 60 minutos más de bonito y cerrado sendero montañero).

La ruta por el pirineo leridano que llaman Carros de Foc ha convertido los refugios de estos montes en ajetreados albergues de paso, por lo que más de uno se extrañó de que hubiésemos conseguido plaza. Cenamos muy a gusto al lado de una pareja compuesta por francesa y canadiense que… preferían dormir en su tienda particular a las afueras del refugio. Al caer la tarde se echó una densa niebla sobre el lugar (foto 2) y cada vez que me despertaban los vecinos del albergue por la noche (muchas) yo miraba por la ventana a ver si… seguíamos en las nubes.



Me extrañó lo tarde que se levanta la gente en estos albergues: a las siete el desayuno. Mi compa y yo ya estábamos en el sendero hacia arriba a las 6:15 de la mañana, justo cuando empezaba a clarear. La niebla había desaparecido y el día apuntaba espléndido. El estruendo de la cascada que cae sobre el laguito de la Restanca procedente del Lac de Mar da gravedad al lugar y pone un acento de seriedad en el inicio del ascenso.


La subida es como una secuencia de tres peldaños muy marcados. El primero consiste en ascender por un empinado sendero de montaña media hasta el Estanh de Cap de Port (45 minutos). Se bordea este laguito por la izquierda y se inicia el segundo “peldaño” por un terreno duro y pedregoso que se atraviesa bien gracias a los cahires y otras benditas marcas de GR.


La verdad es que estos pedregales asustan. El segundo peldaño (1 hora) acaba en un gran collado con lago incluido, el Estany de Monges desde el que se divisan los Besiberris y por el que pasan las dichosas rutas populares.


Hasta ese punto habíamos subido en completo silencio y soledad roto tan sólo por algunos saltarines rebecos, pero al ver un grupo de gritones que venían del Este nos temimos lo peor. Por suerte siguieron hacia la Restanca y nosotros giramos hacia nuestra izquierda en dirección a la cumbre (tercer peldaño):


Las marcas de este tercer tramo no están tan claras como en los dos anteriores, pero el terreno no es tan duro como el del segundo tramo y no hay pérdida: siempre hacia arriba. El sendero, o la orografía, te llevan finalmente a un bonito collado con dos pequeños laguitos (Basses de Montardó) que mira directamente a la cara norte (50 min).



Los últimos neveros de la temporada le dan ambiente al lugar. Desde allí se ve la cumbre a la izquierda y el sendero mejor marcado. En diez minutos más, arriba.



Eran las 9 en punto de la mañana y se estaba tan bien que almorzamos en la cumbre con nuestra tradicional botella de vino y el cigarrito para desoxigenar, hicimos mil fotos y se nos pasó una hora entera en un suspiro. Fue el ver a otra pareja de montañeros que llegaban a la cumbre lo que nos sacó del ensueño y nos dio la salida para el descenso.


A medida que bajamos nos fuimos cruzando con muchos de nuestros compañeros de cena y noche, como esa simpática pareja de francesa y canadiense con los que nos hicimos una foto.



Los tiempos del descenso fueron prácticamente los mismos que los del ascenso. Más que de correr, de lo que se trata en la bajada es de disfrutar del éxito. Y como había que hacer también el tramo desde el refugio hasta el coche, la sensación de éxito duró mucho más. Bueno..., todavía dura.

(excursión realizada con Rosalía el 25 de julio del 2007)

8. LA VUELTA AL MIDI D´OSSAU (17k 1.134+)


Para no deprimirme con las cosas que empiezo a ver en mi ciudad nada más volver de vacaciones, voy a echar mano de un precioso día de este verano en el que intentamos ver uno de los edificios más hermosos del Pirineo: el Midi d´Ossau. Desde que lo vi por primera vez hace muchos años en la estación de esquí de Astún quise aproximarme a él o incluso subirlo, pero nunca había dado con la ocasión. Para llegar a su cima (2.885 m) es prudente ir con algún escalador experto que ya lo conozca, oportunidad que se me escapó cuando fui socio del Club Alpino Ganguren de Galdácano y organizaron una de aquellas estupendas excursiones colectivas que hacían una o dos veces al año para “crear afición”. Qué bello ejemplo aquel, escaladores de élite acompañando a principiantes para que tomaran contacto con la alta montaña. Subí con ellos a la Peña Telera (excursión que contaré otro día) pero se me escapó el Midi. Así pues, al no atreverme a subirlo solo, programé la vuelta que Patrice de Bellefón propone en la excursión número 5 de su libro “Las 100 mejores ascensiones y excursiones al Pirineo”.

Al bajar del Aspe, dos días antes (ver un post algo más atrás), ya lo habíamos visto de nuevo emergiendo imponente su mole granítica y oscura sobre el resto de las montañas del paso del Portalet, así que mis deseos estaban a punto de cumplirse.



El problema fue que el día elegido amaneció muy nuboso (incluso lluvioso) y aunque le dimos la vuelta completa y algo más de propina (como voy a contar), apenas vimos su planta baja. Más que verlo, lo sentimos cerca, muy cerca. Ya me ha pasado con muchos monumentos, la escalera de la Biblioteca Laurenziana por ejemplo, a la que he ido varias veces y nunca he conseguido entrar (siempre “Chiuso”). Pero no me importa mucho. La vista no es el único de nuestros sentidos. A veces se siente más emoción captando la arquitectura por la cercanía, la presencia misteriosa, las lecturas previas, el retumbar de los truenos en sus paredes, o los indicios de sus aledaños. Consuelos no nos faltaron.

El primero de ellos fue la magnifica vista del Pic Paradis que se ofrece cuando, después de dejar el coche en el parking del Lago Bious Artigues (0:00) y ascender por una pista hasta el amplísimo prado de Bious lo ves al fondo del mismo. Es un pico que parece estar realizando un continuo ejercicio de contorsión, como aquellas torres espirales de los constructivistas o las masas emergentes de los expresionistas. Al final del prado (0:30) se toma un sendero a la izquierda que asciende ininterrumpidamente y que con nuestros continuos cambios de perspectiva nos permite ver al Paradis moverse constantemente. Una preciosidad.


A nuestra izquierda estaba el gran Midi, claro, pero esto era todo lo que veíamos:


Aún teníamos esperanzas de que el día fuera a mejor y aclarase, pero cuando llegamos al laguito de Peyreget (2:00) después de hora y media de larga ascensión, el cielo estaba aún más encapotado. Es en ese laguito cuando se experimenta el contacto con la alta montaña y con el silencio y la severidad de su terreno.


Aunque no veíamos nada, sabíamos que estábamos ahí, en el límite de lo inhumano. Y con la emoción, nos perdimos. Puesto que los expertos califican la excursión de fácil no me imaginé que al collado de Peyreget se subiera por ese tremendo canchal pedregoso, así que tomamos la senda herbosa de la derecha que lleva al collado de L´Oiu (2:30), que está a la misma altura que el de Peyreget (ocho metros menos para ser exactos) pero que te saca hacia el sur y te obliga a dar una vuelta enorme y algo sosa hasta llegar al Refugio de Pombie (3:15), mítica construcción donde se han tenido que compartir muchas emociones de escaladas, y oportuno refugio que nos libró, mientras almorzábamos, de un buen chaparrón y del susto que nos entró cuando media docena de truenos retumbaron por las vecinas paredes.


Aprovechando el primer claro y viendo que la parada se prolongaba más de lo normal, salimos hacia el collado de Suzón para continuar el recorrido, pero nos encontramos cruzando un pedregal tremendo que no teníamos previsto, y por si fuera poco, una última nube nos descargó cinco minutos de granizo. Aunque era el 21 de julio, aquello tomaba trazas de una excursión invernal.




Con el sustillo en el cuerpo llegamos al collado de Suzón en 45 minutos (4:00), cuando las guías dicen que se tarda 60, y desde allí, y por la margen derecha del valle que muestra el sendero del descenso, la cosa se aclaró.

A la izquierda, es decir, en el lado Midi, seguíamos sin ver nada, o mejor dicho, veíamos una imagen preciosa a fuer de fantasmagórica. Esta:


La bajada se hace tan larga o más que la subida (no miré el reloj pero tardamos más de hora y cuarto), y en el tramo final echamos en falta algunas marcas, pues cuando se entra en el bosque los senderos se bifurcan por los listillos que atajan y a veces te entran las dudas. Como iniciamos el recorrido a las ocho y llegamos al parking a las tres en punto, la excursión nos costó un total de siete horas aunque hay que tener en cuenta que estuvimos más de una hora metidos en el refugio de Pombie almorzando y oyendo truenos.

Y ahora, para los que queráis ver la excursión con un sol espléndido, no tenéis más que linkar la página que os doy y ver sus estupendas fotos y comentarios.

http://www.nevasport.com/nevablogs/d/vuelta-integra-al-midi-d%5C-ossau/2367

Pero os aseguro que aunque no viésemos nada, es mucho más emocionante haberle dado la vuelta que mirar las fotos.

(excursión realizada con Rosalía el día 21 de julio del 2007. De regreso a Jaca aún pudimos disfrutar de la magnífica conferencia que Félix de Azúa dió sobre el Origen de la Opera y subir con él y con los de la Universidad de verano a San Juan de la Peña para oír allí un recital y varios pasajes del Orfeo de Monteverdi. ¡Menuda jornada!).

Como no tenía la referencia de la distancia y desnivel ascendido he tomado las del track wikilok de viejamochila que es muy semejante a nuestro recorrido.

7. CELLORIGO



El puente de Anguciana, además de unir las dos orillas del río Tirón, es el origen, creo yo, de mi afición a relacionar la arquitectura con las montañas. Mientras que en su margen derecha (aguas abajo) está situado el castillo de mis antepasados (los Torre de Salcedo) formando con él una bella estampa, en la margen izquierda llegué a descubrir en un lejano día de mi infancia que había otro singular castillo, esta vez natural, cuyas almenas eran las peñas de una pequeña montaña: Cellorigo.

Al principio esa relación fue sólo una vaga intuición pero ya es casualidad que fuera por los mismos años de juventud que me decidiera a recorrer el paseo intermedio entre las dos filas de almenas que poseen ambos.

Desde entonces no he vuelto a subir al Castillo de Anguciana, que ahora andan “restaurando” con todas mis alarmas encendidas y todo mi dolor (v Anguciana capital Perú en Una Voz en un Lugar), ni había ido por Cellorigo más que a echar algún vistazo a sus casas. Pero como afortunadamente las peñas de Cellorigo no están en proceso de restauración (todo se andará…), este verano montañero del 2007 me he llegado a ellas y he subido hasta la más alta.

La aproximación en bici o en coche ha de comenzar en el mismo puente de Anguciana desde donde, como apuntaba antes, se divisa al fondo. Son dieciséis estupendos kilómetros de recorrido en el que vamos a tener la suerte de verlo desde tres ángulos bien distintos. Hasta poco antes del puertecillo de la carretera que va a Miranda, pasado Sajazarra, el castillo natural de Cellorigo nos muestra en todo momento su soberbia fachada sur (foto que abre el post) con el pequeño pueblo debajo y a un lado; pero en llegando a ese pequeño puerto que llamamos de San Miguel por el monasterio que allí hubo, la visión lateral del castillo nos muestra que su remate superior está formado, igual que en el de Anguciana, por dos filas de almenas.



La carretera aún nos da una nueva sorpresa, pues a un kilómetro del pueblo hace una gran U hacia el norte y nos permite ver el “castillo” por detrás, ofreciéndonos una visión acaso más orgánica que constructiva que nos pudiera recordar el lomo de un viejo saurio o la dentadura de un imaginario animal.

La subida en bici me costó una hora parando varias veces a hacer las fotos, y el descenso media. Como ese día no me quedaba tiempo para subir a las peñas y estaba solo, planeé volver otro día en coche con mi “compañera de cordada” para hacer la segunda parte de la excursión, que es la que paso a relatar.

Por detrás de la iglesia se toma un camino en dirección Oeste que hay que dejar en cuanto se va para abajo, tomando una senda a nuestra derecha que va a recorrer de Este a Oeste toda la parte inferior de las peñas. En quince minutos el sendero nos sube a un colladito que nos sitúa justamente en medio de las dos filas de almenas (0:15).



En los quince minutos siguientes nos dedicamos a recorrer de Oeste a Este ese singular y estrecho pasillo que sube y baja tres o cuatro veces al ritmo de las almenas y que nos permite asomarnos entre ellas según el vértigo que nos dé. Cuando llegamos al final del pasillo (0:30) y el sendero continúa hacía abajo y hacia el Este nos quedamos un rato perdidos al no encontrar el acceso a la peña más alta que es la penúltima de la fila de atrás. Ya estábamos decididos a aceptar la derrota cuando descubrí un pequeño plástico blanco atado a un matorral que cierra el sendero y una despintada raya azul en la entrada de una pequeña chimenea o corredor que hay bajo la peña en cuestión. Cruzamos el matorral, trepamos por la canal,



y en diez minutos estuvimos en el buzón de la cima (0:40), que tiene un hoyito similar a la de Gembres, y desde donde uno puede contemplar los dominios de este singular “castillo” e incluso saludar a la gente que pasa por los alrededores de la iglesia del pueblo


Al destrepar la peña hay que tener un poco más de cuidado y hasta es conveniente hacerlo de cara a la roca como lo hace mi compa en esta foto.


El regreso se hace por el mismo sendero y en el mismo tiempo, así que para el total de tan singular ronda por las almenas del “castillo de Cellorigo” hay que calcular una hora y media, o incluso dos si se quiere echar un cigarro o un bocado en el hoyito y otear con calma los amplísimos horizontes que se divisan desde tan baja pero estratégica cima.

Igual que en arquitectura, la gracia de esta pequeña excursión está en la diferente sensación de escala que se experimenta justo después de haber andado por los Pirineos: más o menos, como andar por Logroño tras haber estado en Nueva York.

(excursión realizada con Rosalía el 19 de agosto del 2007)

6. EL ASPE 2.645 m (11k 1.100+) Candanchú


Cuando la arquitectura nos aburre y hastía, lo mejor es acercarse a contemplar los grandes edificios de la naturaleza. Sale uno completamente renovado. Ya empecé a apuntar en esa dirección al contar en este blog algunos paseos por los montes de la Rioja en la pasada Semana Santa (ver Montes 1, 2 ,3 y 4) , pero en llegando las vacaciones de verano, uno puede viajar mucho más lejos a ver piezas más notables y significativas. Por ejemplo, en los Pirineos. Como dije en el post anterior, mi primer objetivo era el Aspe, y el 19 de julio pasado me acerqué hasta él con mi excepcional y valiente compañera de aventuras.

Si habéis estado en Candanchu lo habréis visto: es ese lejano pico que asoma por detrás de la Zapatilla mirando desde el parking en dirección SurOeste (foto 1). Impone cierto respeto por su altura, distancia y textura, pero como las guías decían que no era difícil nos animamos a abordarlo a pesar de que el tiempo no era muy bueno y los franceses -como suelen decir por allí- no paraban de enviarle nubes.

Iniciamos la ascensión a las seis y veinte de la mañana (6:20) sin apenas amanecer, con cierto viento y las nubes ocultándonos las cimas. En vez de subir por el Tobazo, como dicen los itinerarios preferí hacerlo junto a la Zapatilla, pues aunque la subida es algo más pendiente se disfruta de la contemplación de esta curiosa masa de roca inclinada que acaba como una suela y que además esconde una canal vertiginosa y muy provocativa para los esquiadores más atrevidos. En una hora (7:20) llegamos al collado de Tortiellas, donde la fuerza del viento nos asustó un poco. Se avanza entonces por la única pista que va en dirección SurOeste pero llegados al final de la misma hay que tener mucho cuidado porque de no haber visto una piedra pintada con una flecha amarilla indicando “Aspe” nos hubiéramos despistado subiendo por la pista que va a la Tuca Blanca perdiendo así un tiempo y unas energías que seguramente nos hubieran arruinado la excursión. Siguiendo esa indicación hay que salir al circo de Tortiellas y empezar a andar por un inhóspito sendero que debe ser descubierto a cada paso gracias a los cahires (pequeños montoncitos de piedras que dejan unos santos montañeros a los que les estamos sinceramente agradecidos). El escenario se torna entonces severo y grandioso. Plenamente arquitectónico. Pura piedra.



Tras pasar por una cornisa que puede dar algo de vértigo (foto 2/hecha en la bajada), se divisan unos plegamientos (foto 3) que por desigual comparación inducen a pensar en la ridiculez y el despilfarro de las actuales arquitecturas ageométricas y llenas de requiebros.


Se cruzan sin mayor sobresalto por donde mandan los cahires (los sobresaltos vinieron en el descenso cuando nos perdimos un par de veces y te ves bloqueado por las cortadas) y te vas adentrando en un escenario prodigioso donde el silencio y la aspereza de la alta montaña sobrecoge un poco. Unos sarrios saltarines nos sacaron varias veces del encantamiento y se pusieron a mirarnos con la curiosidad del que mira al excéntrico turista que visita y fotografía edificios que uno tiene como normales escenarios de su vida (foto 4):

Cuando el circo se estrecha y las paredes laterales y los cahires te conducen al único paso posible, sales a un collado (9:00) que te ofrece el espectáculo de un edificio muy singular: la Llena de la Garganta (foto 5):


Es una peña gruesa y un poquito más baja que el Aspe y más hacia el Oeste, y por eso no se ve desde Candanchú, pero vale la pena subir hasta allí sólo por verla cara a cara. La contemplación de su hermosura no nos impide mirar hacia la dura y pendiente canal pedregosa de la izquierda que nos promete llevar a la cima (foto 6):


El sendero “oficial” va por la misma roca firme del Aspe algo más a la izquierda pero eso lo descubrimos al bajar cuando se ven mejor los cahires (y cuando hicimos la foto ya sin nubes). La canal de marras te lleva hasta un nuevo colladito que se asoma al valle de Aisa, y de ahí hasta el vértice de la pirámide del Aspe hay que trepar un poco por unas cuantas rocas no muy difíciles y pasada la zona de trepa solo queda un corto paseo a cuyos bordes mejor no acercarse porque se asoman a caídas de más de trescientos metros. Hicimos cima a las 9:50, es decir, tras tres horas y media de dura e ininterrumpida ascensión. Las nubes se habían levantado un poco y justo nos acariciaban en la cima velándonos las amplísimas perspectivas o permitiéndonos visiones fugaces de todo el alrededor. No nos quedamos mucho tiempo en el pico. Las vistas panorámicas no son mi pasión: prefiero la mirada concentrada y atenta que la ilusión de verlo todo y dominarlo todo.
En el descenso, tan duro o más que la subida dado lo pedregoso del terreno, las nubes subieron por encima de la cumbre y nos permitieron contemplar la maravillosa fachada de ese edificio que acabábamos de hacer nuestro (foto 7):


Paramos casi una hora a almorzar y bebernos nuestra tradicional botella de Rioja debajo de la pared NorEste del Aspe, observando sus múltiples detalles e imaginando por donde le trazaron Rabadá y Navarro (esa célebre pareja de carpintero y fontanero zaragozanos) la vía Edil, o le dibujaron la arista que llamaron del Murciélago (apodo de uno de ellos).

No nos encontramos a nadie en todo el recorrido y la soledad fue absoluta. Pero pensando en las vías abiertas en esa pared, uno se da cuenta de que los grandes y en apariencia inhóspitos edificios de la naturaleza se humanizan poco a poco con nuestros pasos y acaban por ser, para algunos, mucho más queridos que las insignes arquitecturas de nuestras ciudades.

Llegados al collado sobre la Zapatilla, decidimos cambiar de itinerario de bajada a Candanchú dándonos un paseo por la pista hasta el Tobazo para disfrutar del variado frente de los picos de Tortiellas (foto 8):


cuyo callejón inferior lo tiene aún taponado el ejército en su salida a la carretera de Canfranc por la Rinconada.

Ya en el Tobazo habíamos pensado bajar paseando por el camino pero una vez más nos equivocamos por culpa de la típica relajación del éxito y nos metimos en la pala de la pista negra de esquí para castigar un poco más los gemelos y las rodillas. A las 3:20 llegamos al punto de inicio.

Nueve horas maravillosas y un lugar más de referencia para los amantes de arquitectura del LHD.
(excursión realizada con Rosalía el 19 de julio del 2007)