Mostrando entradas con la etiqueta 2007 4. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2007 4. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de abril de 2008

3. UN PASEITO A PEÑA MOYA

1) Itinerario desde Sorzano a Peña Moya


2) El piquito de Peña Moya desde los comienzos del recorrido


3) Ultimo tramo de la subida en el que, además de a mis acompañantes de excursión, se ve el conglomerado rocoso de la cima que permite llamarla “peña”.



4) Cortafuegos de descenso rápido.


5) Peña Bajenza


Si algún domingo en que pensabais ir al monte, cuando suena el despertador se os pegan las sábanas y no os levantáis hasta las diez, aún hay opción. Logroño está rodeado de buenos paseos montañeros con grandes “alicientes arquitectónicos”, así que no hay que desanimarse ni pensar que habéis echado la mañana a perder.

Podéis asearos tranquilamente, desayunar en plan domingo, poner en orden la casa y salir a eso de las once u once y media, que aún hay tiempo. Sólo se trata de llegar en coche a Sorzano (media horita desde Logroño) y aparcar en la zona alta del pueblo antes del desvío a la ermita de la procesión de las cien doncellas.

Desde allí se toma el camino que sube al Serradero dejando a mano izquierda un pabellón ganadero enorme y feísimo; se pasa también junto a un chalet nuevo rodeado con una valla metálica que tiene un aerogenerador en alto con una placa solar (se ve que no le han dado luz, así que será medio ilegal o ilegal entero); y se llega a las ruinas de un campo de fútbol que aún conserva en pie una portería oxidada (qué lugares tan desoladores tienen nuestros pueblos). Allí se bifurca el camino: de frente se sube al Serradero y por la izquierda se inicia el precioso recorrido que, tras atravesar tres vallas para el ganado, va hasta Castañares de las Cuevas por encima de las peñas del Iregua.

Para ir a Castañares y no tener que deshacer el camino hay que ir en dos coches a fin dejar uno allí para la vuelta antes de llegarse hasta Sorzano, así que como hemos ido con poco tiempo, lo que haremos es poner nuestra meta en la mitad del recorrido subiendo a Peña Moya, que es un piquito que queda a la izquierda del primer collado del camino y que aunque tiene muy poco de peña, está bien como objetivo y referencia de esta corta excursión pues desde su cima se divisa bien todo el recorrido y se tiene una preciosa vista de todo el valle del Iregua.

Con las fotos que pongo arriba y la vista aérea de la zona que nos regala google earth no hay pérdida posible. El itinerario también está en el libro Montes de la Rioja de Juanjo Hidalgo, pero se lía demasiado contando cosas innecesarias para un recorrido tan elemental y sus tiempos son para deportistas para ir con la lengua fuera. En vez de los cincuenta minutos que él pone, mejor hacerlo en una hora y diez minutos. Y si seguimos el descenso que él propone, bajando por el cortafuegos en vez de por el camino, pues añadir también diez o quince minutos más. Fijaros bien: empezando a subir a las 12, a las 2 ya podemos estar de vuelta en el coche por lo que si no hemos llevado la bota y un poco de chorizo para echar el aperitivo en la cima ¡aún nos queda tiempo para ir a la calle Laurel a tomar unos vinos antes de comer!

Y ahora vamos con las bellezas arquitectónicas. O mejor dicho con la única pero espectacular edificación que la naturaleza nos ha regalado en la entrada del valle del Iregua y que nos embelesa durante buena parte del recorrido: la peña Bajenza. La foto la hice desde el camino el pasado domingo (no hicimos la excursión a mediodía sino en las dos últimas horas de la tarde, y de ahí la luz maravillosa que tiene) y la cuelgo en Picasa para que os la podáis bajar y ponerla como fondo de escritorio (clickar aquí para descargarla a gran tamaño).

No os quiero amargar la contemplación pero… ¿os imagináis que llenen el monte de atrás con molinillos aerogeneradores como han hecho con el Codés o Sierra la Hez diciendo que es la energía sostenible, y la del futuro, y la del progreso, y la de la Copa de América y bla bla blá? Pues nada, guardad bien la foto por si algún día no muy lejano tengamos que hacer estas excursiones sobre cintas de gimnasio y fotos proyectadas por un ordenador.

(excursión hecha con Rosalía, Teresa y Elena en abril del 2007)

2. VUELTA A LA CABECERA DEL BARRANCO DE TREVIJANO


El recorrido que hoy cuento sigue fielmente el itinerario 47 del libro Montes de La Rioja de Juanjo Hidalgo (Suak Edizioak 1999), y lo primero que debo hacer es dar las gracias a Juanjo por tan excelente excursión.

Según pone en la solapa, Juanjo es un profesor de Llodio, y el libro Montes de La Rioja al que me refiero está editado por SUA Edizioak de Bilbao. En estos tiempos de excesos de identidad y hasta de solicitudes de fronteras, es un verdadero placer que sea un montañero vasco el que nos guíe por unas tierras que..., iba a decir nuestras, pero que de este modo son, para nuestro bien, algo menos “nuestras”. Gracias Juanjo. El trazado de un buen itinerario es una obra de creación. Y este que hemos hecho hoy no lo hubiéramos hecho sin tu ayuda. Seguramente Juanjo no sabrá que el origen del moderno Trevijano, el pueblo del que parte y al que llega su itinerario es también una “creación” de Luisvi y sus amigos a comienzos de los setenta, y que la historia del abandono y reconstrucción del pueblo da para la tertulia de un buen almuerzo, pero esa es otra historia que habrá que contar otro día. Gracias a Luisvi, yo pasé quince días en su casa de Trevijano en septiembre de 1984 empapándome de sus paisajes, y desde entonces no había vuelto por allí.

Pero apartemos a un lado los recuerdos y otras historias y empecemos el paseo propuesto por Juanjo subiendo hacia las ruinas de la ermita de la Virgen del Cúpulo, dejando a nuestra izquierda la pista por la que volveremos al punto de partida. Como los croquis del libro de Juanjo no son muy allá, yo prefiero ilustrar la excursión con la hoja 1:25000 del Mapa Topográfico Nacional, que tampoco es ninguna maravilla, pues no trae senderos (si lo comparamos con los planos ingleses o americanos, ay, se nos cae la cara de vergüenza) pero las curvas de nivel siempre son una buena referencia.



Y ya puestos, lo ilustro también con una foto hecha desde las eras de Trevijano en la que marco la ruta con unas rayitas amarillas (foto de arriba).

El ascenso hasta la primera cima (Cuernosierra según Juanjo, y Alto Rebollar según el topográfico/ no entiendo la razón de la diferencia toponímica) no tiene pérdida. Las indicaciones del itinerario son muy buenas y lo único en que no estoy muy de acuerdo es en los tiempos. Se ve que Juanjo es mejor montañero que nosotros, que nos paramos mucho a ver el paisaje y hacer fotos.


Para el catálogo de “arquitecturas naturales” la subida al Alto Rebollar ofrece a la derecha una vista aérea del farallón derecho de la salida del cañón del rio Leza (foto 3), cuya hermosura puede contemplarse y admirarse mejor a lo largo de toda la carretera entre Leza y Ribafrecha (siempre que te pares a seguro en alguna amplia cuneta, pues con la buena calzada que han dejado la gente va ahora mucho más acelerada por allí y dado lo cerradas que son las curvas hay que andarse con ojo).

La inclinación de los estratos descarnados sobre el barranco produce en el paisaje un efecto dinámico que contrasta con las suaves lomas de todo el recorrido de hoy. Desde la cima y como ocultando el valle también se disfruta de la vista de otro de los montes más bonitos de La Rioja, el Laturce, al que no tardaré en volver para admirar los tonos rojizos que ofrece por el lado de las ruinas del Monasterio de San Prudencio, o por la peña del Castillo de Clavijo (a la izquierda de la foto).


El collado al que hay que bajar de Cuernosierra para ascender a la Peña de Aldera es bastante feo y erosionado –nada que ver con una “plaza” como decía para los collados en otra ocasión. Siguiendo más o menos por la crestería según lo permite el terreno, se llega hasta un segundo collado por donde pasa la pista que viene de Clavijo y que estropea bastante el lugar. Pero desde allí se disfruta de dos nuevos panoramas: a los pies y hacia el norte, el del vallecito trasero de Clavijo con un pequeño “castillo de rocas” en su cabecera; y hacia el este, y un poco más lejos, el de la embocadura del Iregua en Islallana, entre Peña Bajenza y Peña Moya. Se sigue subiendo por la pista hacia Peña Aldera, pero la valla de espinos que hay junto a la pista te disuade de cruzarla y de llegar hasta la cumbre. Atrae mucho más hacer el almuerzo en el dolmen que se ve en el collado que se ofrece en la bajada, llamado del Mayo. Desde ese tercer collado (bastante más agradable/más “plaza”) y hacia el Oeste aparece otra vista interesante, la de las laderas norte del Serrezuelo, una cima a la que he subido tres o cuatro veces desde Nalda por un cortafuegos muy visible desde todo el valle del Iregua, sobre todo cuando se llena de nieve.



La “urbanización” del dolmen está hecha con unos gaviones de malla y piedra que claman al cielo. Es un artilugio muy eficaz para no poder disfrutar a gusto de tan bella pieza y amargarte un poco el almuerzo, pero éste ya no se podía retardar más. Y es que el resto del recorrido no es sino el descenso por el barranco de Trevijano hasta el pueblo. Un barranco que en verano es un secarral, pero que el 9 de abril de este año, adornado por los neveros de la última nevada y con el arroyo lleno de agua, estaba maravilloso. Siempre es muy bonito acabar las excursiones acompañado de la alegría del agua bajando a tu lado.

Un elogio más para el libro de Juanjo Hidalgo: a diferencia de muchos otros libros de montaña en que todas excursiones son poco menos que proezas deportivas, en el de Juanjo esas largas ascensiones están hábilmente mezcladas con amables paseos como éste de hoy, que para él es de hora y media, pero que para disfrutarlo bien y almorzar en medio (¿qué sería de una excursión sin su almuerzo?) hay que pensar en dos horas y media o tres horas. Un tiempo perfecto para una felicidad tan saludable.

(excursión realizada con Rosalía, Teresa y Elena el 9 de abril del 2007)

jueves, 17 de abril de 2008

1. DOS BARRANCOS EN ANGUIANO (7k 250+)


Cuando mis amigos arquitectos de fuera me preguntan qué es lo mejor que hay en La Rioja en materia de arquitectura, yo siempre les respondo lo mismo: los paisajes. Y cuando se quedan esperando que les de una explicación a tan extraña respuesta les aclaro que no me refiero a esos paisajes más o menos horizontales entendidos como piezas y soporte de los edificios y ciudades, no, sino a esos otros paisajes verticales que emergen del terreno cual edificios y que se pueden contemplar como tales.

El catálogo de peñas de la Rioja es tan amplio y hermoso que creo que da para plantearme una Guía de Arquitectura de La Rioja sólo con ellas. Como para verlas hay que calzarse la botas de monte y echarse la mochila al hombro, el género literario donde pueden localizarse estas “arquitecturas” es el de las guías montañeras, así que también me planteo que en vez de hacer más “guías de arquitectura” la mejor forma de llevar a los amigos hasta ellas será la de relatar algunos de mis itinerarios montañeros. Buena idea, pienso, para los post de fines de semana.

Sin ir más lejos, ayer Sábado Santo, hicimos un recorrido extraordinario al que le tenía muchas ganas: los dos barrancos que suben desde Anguiano hacia el Este. Y como puede verse por las fotos, me traje tres piezas de antología (y… unas cuantas más, digamos que menores, que no caben en el post).

El itinerario se inicia en la iglesia de Anguiano (a la que volveré otro día cuando comente otra de mis recomendaciones favoritas de arquitectura en La Rioja: las hallenkirche del siglo XVI), y el camino no tiene pérdida porque está marcado como parte del GR riojano con las correspondientes rayitas rojas y blancas.

El sendero sube a veces por el mismo cauce del barranco o a la derecha del mismo, y en días húmedos (como ayer) tiene tramos de auténtico lodazal. Las dos puertas de cierre para el ganado que nos encontramos en el primer tramo de la subida son de lo más cutre: la segunda de ellas, por ejemplo, está hecha con un somier. Mucho GR, mucho letrerito en madera y luego…, ay, estas cosas. Pero en fin, dejemos las penas en la “civilización” y sigamos hacia arriba, que hay mucho para gozar.

Mientras se sube por este barranco la mirada se desplaza una y otra vez hacia dos focos de atención: el valle en V que vamos dejando atrás, con la iglesia de Anguiano siempre abajo y el picudo monte de San Quiles como telón de fondo al otro lado del Najerilla (foto 1), y los farallones de roca que empiezan a aparecer a la izquierda.



Cuando se pasa por debajo de ellos (foto 2) es preciso detenerse a admirarlos pues aparece una canal central que los separa en tal forma que me recuerdan a mis queridísimas Peñas de Gembres (de las que hablaré otro día, claro).

A partir de ese punto el barranco se hace asimétrico: hayedo a la derecha, por debajo del llamado Pico del Aguila (que no ofrece desde este recorrido nada singular), y pastizal rocoso a la izquierda; y es entonces cuando, sin avisar, el sendero salta al lado izquierdo y zigzaguea hasta llevarnos al collado (1 hora más o menos, desde Anguiano).


Al igual que las “plazas”, los collados son poco fotogénicos (foto 3), pero si no hace mucho viento, son lugares de lo más acogedor y placentero, y aunque a nosotros nos llovió y tiraba un gélido solano, nos importó poco y echamos el almuerzo allí mismo refugiados en una roca. Por el collado pasa una pista del tipo “sólo para vehículos autorizados” que por el lado derecho va al paso del Congosto en dirección a los Roñas, y que por el lado izquierdo (que es el que yo elegí para este itinerario) nos va a bajar de vuelta a Anguiano por el barranco del Regatillo. En el primer tramo del descenso, la pista serpentea por un precioso hayedo hasta encontrarse de frente con el arroyo, que no llega a cruzar, y que dejará siempre a su derecha. Con el deshielo de estos días, ayer bajaba alegre y ruidoso. Cuando la pista sale del hayedo, el paseo se convierte en una auténtica promenade arquitectónica con dos singulares focos de atención: a la izquierda (foto 4) un animado grupo de “rascacielos” cuyas siluetas van cambiando a cada paso que damos:


y a la derecha (foto 5) la imponente masa edificada de toda una “Gran Vía” cuyos paramentos están adornados de todo tipo de líneas, texturas, huecos y juegos volumétricos. Una auténtica maravilla:


El descenso es algo más largo que la subida, pero como cuesta menos de andar, se hace también en una hora; así que, contando otra para el almuerzo, con tres horas se puede completar esta estupenda excursión montañera y… arquitectónica.



(Excursión realizada con Rosalía, Teresa y Elena el 7 de abril del 2007)