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miércoles, 3 de abril de 2013

116. SAN JUAN DE AGRIONES. (12k 100+). Santa Marina. LA RIOJA



Aunque ponga para empezar esta foto triunfal en la cima de San Juan de Agriones, en realidad esta excursión fue un pequeño fracaso porque nuestro objetivo no era ese vértice geodésico sino la ermita igualmente llamada de San Juan de Agriones a la que no llegamos por culpa de un escaso estudio previo y una pésima (nula) señalización de nuestras beneméritas Instituciones. Pero bueno, como nunca una excursión es un fracaso si se sale de casa y se vuelve a ella más oxigenado, vamos con las muchas (muchísimas) cosas buenas que tuvo. La idea de esta excursión nació de la estupenda vista aérea que ofrece google earth de la falla semicircular que envuelve los barrancos del Jubera. Recorrerla por su borde superior desde Santa Marina hacia el Oeste tenía que ser tan placentero que ya no pensé en mucho más.


Puse como meta o final del recorrido la ermita de San Juan de Agriones, a 7 km desde el punto de salida, porque pensé que no iba a tener pérdida. Pero la tuvo, ay, vaya que sí la tuvo. Cuenta también en el fracaso que salimos muy tarde (la una del medio día) y que el tiempo daba lluvias a partir de las cuatro... con lo que no nos podíamos demorar por allí. Pero en fin, vamos con las fotos y luego os explico nuestro irregular final para que no os pase lo mismo si os animáis a hacerla.


Lo dicho, dejamos el coche en Santa Marina, la aldea más alta de la Rioja, que ese día, por ser Domingo de Resurrección, estaba llena de coches (!). El camino que lleva a la cornisa sale poco antes de llegar a Santa Marina a mano derecha. No tiene pérdida. Un kilómetro más adelante, a la altura de una antena de telefonía, giramos en dirección Oeste y decimos adiós a Santa Marina.


Esta es la imagen del camino de la cornisa, más propio para bici de montaña o todoterrenos que para andar, pero por suerte ningún dominguero nos importunó lo más mínimo. Tuvimos soledad absoluta. 


Ya se ve en el camino la cortada de la izquierda, así que nos asomamos y ahí tenemos la silueta de Nidocuervo y la Atalaya (montes 88) con los últimos neveros de marzo -aunque seguro que aún caerá alguna otra nevadita antes del verano:


Pero si en vez de girar la cabeza 90 grados, miramos hacia delante en oblicuo, las nieves del San Lorenzo presiden la amplísima panorámica sobre la sucesión de valles y sierras riojanas.


Asomándonos de verdad al borde del camino y mirando hacia abajo, lo que vemos son los restos de la aldea de La Monjía, deshabitada a mediados del siglo pasado y jamás recuperada por nadie (si no recuerdo mal creo que porque el famoso ICONA "protector de montes" se hizo en su día con la propiedad de todo, ay). 


Andamos un kilómetro o así y ahora miramos a la derecha para ver el nacimiento del barranco de Santa Engracia, con el Cerro de Bucesta a la izquierda (montes 103) y el Cerro Santa Cruz a la derecha (montes 95)


Y una mirada más, esta vez hacia la derecha y atrás porque el habitualmente soso y feo Cabi Monteros, mira por dónde, tiene desde aquí una perspectiva mucho más noble:


Seguimos camino hacia delante y otra vez por la izquierda y abajo aparece Treguajantes, pueblo que también fue abandonado totalmente pero que parece que se va recuperando:


Un poco más adelante y mirando hacia el Norte, al otro lado del valle del Leza brilla la iglesia y el caserío de Trevijano (la foto está hecha con el teleobjetivo que da la digital):


Agudizamos la vista un poco más (y el teleobjetivo), y vemos también Luezas debajo de Peña Saida:


No es de extrañar que con tanto que ver apenas nos fijásemos a donde íbamos, es decir, a la ermita de San Juan de Agriones, esa mancha blanca en una campa verde que se ve allí abajo en el barranco de Lagunilla de Jubera o Barranco Bahún (yo creía que estaba más en la cabecera):


Para allí nos fuimos todo contentos aunque el camino desciende bastante y eso nunca es de mi gusto, porque  luego hay que subirlo para el regreso. Pero el problema no fue ese, sino que un poco más adelante en vez de la ermita apareció un lío de caminos y un feo depósito blanco de agua, y entonces nos entró la duda de si era eso lo que habíamos visto...


El camino se metió en el bosque, llegamos a un cruce y... ¡ay! elegimos el equivocado. Ni una maldita señalización. Muchos mojones y cartelones durante el camino de no se qué "Anillos del Jubera ciclo montañeros" con cantidad de confusa información y ni un mínimo cartelito para la histórica ermita:


Es para cagarse (una vez más) en la maldita Autonomía, aquella con la que "lo nuestro" iba a estar mucho mejor cuidado y atendido.¡¡¡ Ah!!! Que nos cuiden desde Madrid, por favor, y si es posible, ¡¡¡desde Berlín!!!

El GPS da cuenta de nuestra metedura de pata:


Teníamos que haber cogido el camino de la izquierda, sí, el que subía y te engañaba (porque habíamos visto que la ermita estaba más abajo), en vez del de la derecha que baja y zigzagea entre el bosque y en vez de llevar a la ermita, da la vuelta y sube para Bucesta. Vista la metedura de pata y como no tenía ganas de desandar el kilómetro recorrido en balde, optamos por subir al pequeño cerro de San Juan , una simple colina pero con un vértice geodésico, con lo que por lo menos teníamos una cima de consuelo (!).


Esta es la campa previa a la colina.  Estaba completamente encharcada por el rápido deshielo de los días pasados y las consabidas lluvias semanasanteras. Solo la llegada a la cima estaba un poco más seca:


Aparte de almorzar y disfrutar de una panorámica maravillosa 360 grados alrededor, obviamente miramos a ver si aparecía la dichosa ermita y claro que sí, allí estaba ella. Desde arriba (y con teleobjetivo) todo se ve.


Puse el endomondo para registrar el regreso desde el vértice de San Juan hasta Santa Marina, y nos dio 5 km justos y 1 hora y cinco minutos de marcha. Aquí lo tenéis:


Ya volveremos, San Juan de Agriones. Que por muy abandonado y falto de señales que estés, nosotros te veneramos y no te vamos a olvidar.



viernes, 18 de abril de 2008

2. VUELTA A LA CABECERA DEL BARRANCO DE TREVIJANO


El recorrido que hoy cuento sigue fielmente el itinerario 47 del libro Montes de La Rioja de Juanjo Hidalgo (Suak Edizioak 1999), y lo primero que debo hacer es dar las gracias a Juanjo por tan excelente excursión.

Según pone en la solapa, Juanjo es un profesor de Llodio, y el libro Montes de La Rioja al que me refiero está editado por SUA Edizioak de Bilbao. En estos tiempos de excesos de identidad y hasta de solicitudes de fronteras, es un verdadero placer que sea un montañero vasco el que nos guíe por unas tierras que..., iba a decir nuestras, pero que de este modo son, para nuestro bien, algo menos “nuestras”. Gracias Juanjo. El trazado de un buen itinerario es una obra de creación. Y este que hemos hecho hoy no lo hubiéramos hecho sin tu ayuda. Seguramente Juanjo no sabrá que el origen del moderno Trevijano, el pueblo del que parte y al que llega su itinerario es también una “creación” de Luisvi y sus amigos a comienzos de los setenta, y que la historia del abandono y reconstrucción del pueblo da para la tertulia de un buen almuerzo, pero esa es otra historia que habrá que contar otro día. Gracias a Luisvi, yo pasé quince días en su casa de Trevijano en septiembre de 1984 empapándome de sus paisajes, y desde entonces no había vuelto por allí.

Pero apartemos a un lado los recuerdos y otras historias y empecemos el paseo propuesto por Juanjo subiendo hacia las ruinas de la ermita de la Virgen del Cúpulo, dejando a nuestra izquierda la pista por la que volveremos al punto de partida. Como los croquis del libro de Juanjo no son muy allá, yo prefiero ilustrar la excursión con la hoja 1:25000 del Mapa Topográfico Nacional, que tampoco es ninguna maravilla, pues no trae senderos (si lo comparamos con los planos ingleses o americanos, ay, se nos cae la cara de vergüenza) pero las curvas de nivel siempre son una buena referencia.



Y ya puestos, lo ilustro también con una foto hecha desde las eras de Trevijano en la que marco la ruta con unas rayitas amarillas (foto de arriba).

El ascenso hasta la primera cima (Cuernosierra según Juanjo, y Alto Rebollar según el topográfico/ no entiendo la razón de la diferencia toponímica) no tiene pérdida. Las indicaciones del itinerario son muy buenas y lo único en que no estoy muy de acuerdo es en los tiempos. Se ve que Juanjo es mejor montañero que nosotros, que nos paramos mucho a ver el paisaje y hacer fotos.


Para el catálogo de “arquitecturas naturales” la subida al Alto Rebollar ofrece a la derecha una vista aérea del farallón derecho de la salida del cañón del rio Leza (foto 3), cuya hermosura puede contemplarse y admirarse mejor a lo largo de toda la carretera entre Leza y Ribafrecha (siempre que te pares a seguro en alguna amplia cuneta, pues con la buena calzada que han dejado la gente va ahora mucho más acelerada por allí y dado lo cerradas que son las curvas hay que andarse con ojo).

La inclinación de los estratos descarnados sobre el barranco produce en el paisaje un efecto dinámico que contrasta con las suaves lomas de todo el recorrido de hoy. Desde la cima y como ocultando el valle también se disfruta de la vista de otro de los montes más bonitos de La Rioja, el Laturce, al que no tardaré en volver para admirar los tonos rojizos que ofrece por el lado de las ruinas del Monasterio de San Prudencio, o por la peña del Castillo de Clavijo (a la izquierda de la foto).


El collado al que hay que bajar de Cuernosierra para ascender a la Peña de Aldera es bastante feo y erosionado –nada que ver con una “plaza” como decía para los collados en otra ocasión. Siguiendo más o menos por la crestería según lo permite el terreno, se llega hasta un segundo collado por donde pasa la pista que viene de Clavijo y que estropea bastante el lugar. Pero desde allí se disfruta de dos nuevos panoramas: a los pies y hacia el norte, el del vallecito trasero de Clavijo con un pequeño “castillo de rocas” en su cabecera; y hacia el este, y un poco más lejos, el de la embocadura del Iregua en Islallana, entre Peña Bajenza y Peña Moya. Se sigue subiendo por la pista hacia Peña Aldera, pero la valla de espinos que hay junto a la pista te disuade de cruzarla y de llegar hasta la cumbre. Atrae mucho más hacer el almuerzo en el dolmen que se ve en el collado que se ofrece en la bajada, llamado del Mayo. Desde ese tercer collado (bastante más agradable/más “plaza”) y hacia el Oeste aparece otra vista interesante, la de las laderas norte del Serrezuelo, una cima a la que he subido tres o cuatro veces desde Nalda por un cortafuegos muy visible desde todo el valle del Iregua, sobre todo cuando se llena de nieve.



La “urbanización” del dolmen está hecha con unos gaviones de malla y piedra que claman al cielo. Es un artilugio muy eficaz para no poder disfrutar a gusto de tan bella pieza y amargarte un poco el almuerzo, pero éste ya no se podía retardar más. Y es que el resto del recorrido no es sino el descenso por el barranco de Trevijano hasta el pueblo. Un barranco que en verano es un secarral, pero que el 9 de abril de este año, adornado por los neveros de la última nevada y con el arroyo lleno de agua, estaba maravilloso. Siempre es muy bonito acabar las excursiones acompañado de la alegría del agua bajando a tu lado.

Un elogio más para el libro de Juanjo Hidalgo: a diferencia de muchos otros libros de montaña en que todas excursiones son poco menos que proezas deportivas, en el de Juanjo esas largas ascensiones están hábilmente mezcladas con amables paseos como éste de hoy, que para él es de hora y media, pero que para disfrutarlo bien y almorzar en medio (¿qué sería de una excursión sin su almuerzo?) hay que pensar en dos horas y media o tres horas. Un tiempo perfecto para una felicidad tan saludable.

(excursión realizada con Rosalía, Teresa y Elena el 9 de abril del 2007)